5 de abril de 2011

La autoestima

La autoestima es básica para el bienestar de una persona. Cuando es positiva, nos permite aceptarnos y querernos tal como somos. Tener un grado adecuado de autoestima favorecerá el desarrollo del aprendizaje, de las relaciones sociales y de las actividades. Y lo mejor es que es una capacidad que puede aprenderse, pongamos manos a la obra.

Lo principal es mostrar a nuestras hijas e hijos que nos gustan tal y como son, nos gustan fisicamente, nos gusta su forma de hacer las cosas, nos gusta su sentido del humor, nos gusta ... todo lo que nos guste. Y decir claramente que hay aspectos que no nos gustan, pero que NO son lo bastante importante como para que los dejemos de querer.

Pero ¿qué es la autoestima? se puede definir como la opinión que tiene cada uno de su propio valor e importancia; de sus aspectos positivos y de sus áreas de mejora.

Globalmente, la autoestima es positiva cuando nos permite aceptarnos y querernos por lo que somos. Nos indica cómo somos, nuestras habilidades y carencias a través de nuestros comportamientos y experiencias. Así, tener un grado adecuado de autoestima favorecerá el desarrollo del aprendizaje, de las relaciones sociales y de las actividades. Una autoestima positiva nos hace capaces de afrontar retos con la seguridad de lograr su realización.

Desde el comienzo de nuestra vida vamos formando nuestra identidad a través de la imagen que las personas de nuestro entorno nos transmiten de nosotros mismos.

Un/a niño/a con un adecuado nivel de autoestima se relacionará con facilidad y se comunicará con mayor fluidez que una niña o niño con poca autoestima; éste al contrario que el anterior, se sentirá inferior como persona y carecerá de confianza en sí mismo, por lo que su aprendizaje será más limitado.

Una buena autoestima desarrollada desde la infancia se relaciona muy directamente con la capacidad para aceptar responsabilidades, libertad a la hora de elegir sin que sea tan susceptible a condicionamientos externos, y por lo tanto, de tomar decisiones de forma responsable, consecuente y positiva; cualidades todas ellas que permitirán desarrollar de adulto una vida más plena en todos los ámbitos.

Sin embargo, la ausencia de seguridad en uno mismo y de un adecuado nivel de autoestima produce carencias, una mala canalización de sentimientos que deriva en cambios de humor, pesimismo, angustia, sensibilidad extrema, etc. Así como una pobre capacidad para tomar decisiones de forma independiente, sentimientos de soledad y ausencia de relaciones sociales lo que genera aislamiento social y tendencia a refugiarse en sustitutivos de otros tipos. Problemas de aprendizaje, depresiones, desórdenes alimenticios e incluso abuso de drogas van habitualmente ligados a personas con baja autoestima.

¿Cómo fomentar la autoestima?

Lo primero, no comparar con terceras personas (hermanos/as, familiares, amigos/as)

Hacer una valoración adecuada de su persona y de sus logros, siempre con amor; constante, honesto y firme. Aunque es importante recordar que aceptar a nuestros hijos, no significa dejarles hacer “lo que les dé la gana”, sino que debemos ser capaces de actuar según la situación concreta y no según nuestro estado de ánimo de ese momento.

Favorecer la convivencia estableciendo normas y límites de comportamiento, pero informando previamente de cuáles son y razonando los motivos.

Darse el tiempo para conversar, conocer sus focos de interes, ser participes de sus actividades y escuchar con atención sus problemas.

Fomenta las responsabilidades y la autonomia de nuestros hijos/as asignándole tareas, dentro de sus posibilidades, edad y madurez, exige su cumplimiento, favoreciendo la toma de decisiones y la resolución de problemas. Equivocarse es una parte del aprendizaje vital.

Valora, premia y verbaliza las cosas bien hechas en el momento preciso; también los pequeños logros. Hay que tener en cuenta que cada pequeño objetivo conseguido es un gran paso en el desarrollo de la valía personal.

Valora, igualmente, sus esfuerzos por hacer las cosas bien, sea cual sea el resultado obtenido.

Haz críticas constructivas sobre la conducta puntual, no a la persona en general. Es decir, es mejor un “no quiero que tires los juguetes al suelo de esta manera” que un “eres un desastre” o un “no me has escuchado lo que te he dicho” a un “nunca me prestas atención”.

Demuéstrale siempre afecto verbal y físico, apoyándole de manera cálida y consistente: que las muestras de cariño sean frecuentes en casa, incluso cuando las acciones o resultados no son los esperados. Es mejor corregir lo mal hecho con amor. Y por supuesto, nunca les insultes ni le maltrates, ni física y verbalmente.

Apoya sus deseos innovadores para que haga cosas nuevas y diferentes.